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	<title>Ciberandes - Magazín &#187; Comas</title>
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	<description>Ciberandes magazín es una Plataforma a disposición de la comunicación entre los pueblos latinoamericanos</description>
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		<title>Princesa</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Jun 2015 12:07:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[ciberandes]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Domingo de barrio, después del almuerzo, el sol comeño quema la cabeza, mi viejo saca su pañuelo, lo moja, exprime, toma una a una las puntas, de tanta práctica ya sabe de qué tamaño deben ser los nuditos. Suficiente, se coloca la gorrita en la cabeza. Se sienta en la piedra que le sirve de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Domingo de barrio, después del almuerzo, el sol comeño quema la cabeza, mi viejo saca su pañuelo, lo moja, exprime, toma una a una las puntas, de tanta práctica ya sabe de qué tamaño deben ser los nuditos. Suficiente, se coloca la gorrita en la cabeza. Se sienta en la piedra que le sirve de banquito, abre su periódico, entra en su mundo.</p>
<p>Del líquido hirviendo, blancuzco, espeso, una a una, colgada de un palo, la ropa aparece chorreando, humeante; mi madre las coloca en la batea, cuyo fondo de madera húmeda ondulada causa impresión en mí pues no deja chorrear una gota de agua en el suelo seco de sed. Ropa blanca, camisas, pañales, ropa interior, van amontonándose listas para ser enjuagadas.</p>
<p>—Papito, anda trae la soga, está en el cuarto del fondo— dice ella.</p>
<p>—¿Para qué, mamá?— indago.</p>
<p>—¡Anda nomás, hijo!— me mira resuelta, mi madre. Al cabo de algunos minutos, buscando entre los cachivaches de nuestra casa, encuentro la soga larga. Me imagino el jinete que lanza la argolla.</p>
<p>—¡Juan, trae a la Princesa!— vuelve a resonar la voz maternal.</p>
<p>—¡Princeesaaaa, Princeesaaaa!— llama mi hermano.</p>
<p>—¿Dónde estará?— se pregunta.</p>
<p>Princesa, color mango, se acerca moviendo la cola, levantando la cabeza, sus ojos negros brillan de alegría al vernos.</p>
<p>—¿Dónde paras, perra callejera?— reprocho a mi collera de todos los días. Mueve su cola doblando el cuerpo al costado en señal de amistad, confiada ella.</p>
<p>Mi madre, con las manos en el agua blanca de la batea, espesa aún de jabón Bolívar, nos mira, observa a Princesa. Princesa salta de un lado a otro.</p>
<p>—Tú y tu hermano van a ahorcar a la perra, ha tenido muchas hembritas.</p>
<p>Desconcertado, me encuentro con la mirada severa de mi madre. La perra se deja colocar la soga en el cuello, cree que vamos a jugar con ella al caballito, como algunas tardes hacíamos de jinetes. De ambas puntas de la soga, tiramos en sentidos opuestos. Princesa ya no es La Princesa, es ahora una perra que lucha por zafarse del nudo, ladra, muerde a su costado, a su cuello y no llega a la soga, ladra sordamente que llega como golpes a mis tímpanos. No cuelga de la soga, sus patas traseras llegan al suelo, se empina, salta, patea. Tropieza. Sudor salado siento en los labios y me dan ganas de llorar, estoy matando a mi perra que me acompaña desde muchos años en mis caminatas a calapata, expediciones, por los cerros de Comas.</p>
<p>—¡Jaala, jaala con más fuerza!— grita mi madre.</p>
<p>Será quizás por esas experiencias, que mi hermano menor y yo nunca hemos hablado de ello. Somos como dos sombras que se rozan y siguen de largo. Después de una eternidad, su cola sigue moviéndose en ese cuerpo inerte, la lengua larga, morada, cuelga del costado de la boca, los ojos negros se han oscurecido, parecen de vidrio. Pero me miran.</p>
<p>—¡Sigan jalando!— increpa.</p>
<p>Como si la hubiera escuchado, Princesa recupera fuerzas e intenta zafarse de la soga, me doy perfectamente cuenta que ya no es sino instintivo ese impulso. Deja sus necesidades en el suelo ensuciando su cola como diciendo: “Me ahorcan, entonces les dejo ahí mi mie .. . de perra.” No lloré, no pensé en nada, no me traumaticé, un vacío recorre mi mente.</p>
<p>—Métanla en el costalillo— manda la voz maternal con la tranquilidad que da la seguridad de que se ha hecho algo correcto. Sin sacar la soga de su cuello, introduzco a Princesa en el costalillo viejo, siento inerte ese cuerpo que antes acariciaba. En la carretilla, nuestro colectivo, Princesa emprende su última caminata al basurero en la Curva de la Avenida Belaúnde. No esperamos la noche, el sol sigue quemando, el sudor recorre mi espalda, la gente observa, sospecha la carga, pero no dice nada.</p>
<p>—¿Será que es correcto ahorcar a una perra?— me pregunto, tratando de mantener el equilibrio de la carga, empujando la carretilla calle abajo. Lágrimas humedecen mis ojos, no levanto la cabeza, sólo veo pasar las piedras del camino bajo las plantas de mis viejos zapatos, pensando que ya nadie acompañará mis expediciones a los cerros de Comas. Años después, fugado de mi casa, pasé una noche en los cerros de Comas. Pensé en Princesa. Sentí lo que es soledad, madurez prematura.</p>
<p>Por: C², Recordando a Comas, 1969.</p>
<table class="rw-rating-table rw-ltr rw-right rw-no-labels"><tr><td><nobr>&nbsp;</nobr></td><td><div class="rw-right"><div class="rw-ui-container rw-class-blog-post rw-urid-47840" data-img="https://www.ciberandes-magazin.com/wp-content/uploads/2015/06/perro_comas.jpg"></div></div></td></tr></table>]]></content:encoded>
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		<title>Cenizas de amor</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Jun 2015 18:04:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[ciberandes]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Arte y Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Historias de Aventureros]]></category>
		<category><![CDATA[Recomendadas]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Berlín]]></category>
		<category><![CDATA[Comas]]></category>
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		<description><![CDATA[Por: C² —¡¡Aaahhh!!— grito largo. —¿Qué pasó?— se sobresalta. —Nada, ¿no sabes qué lenguaje es ése?— la calmo. —Ilústrame— —Es el bohemio, en estado ebrio, pidiendo “dos máás mooozooo”— —Mira tú — —¿No sabías?— —Si lo viera en ese contexto, lo reconocería— —Así es, pero cuando oigas “¡¡Aaahhh!!” es el borrachín, con la señal de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por: C²</strong></p>
<p><a href="http://www.ciberandes-magazin.com/wp-content/uploads/2015/06/Hombre_fumando.jpg" rel="lightbox[4458]" title="Hombre_fumando"><img class="alignright size-medium wp-image-4460" src="http://www.ciberandes-magazin.com/wp-content/uploads/2015/06/Hombre_fumando-300x296.jpg" alt="Hombre_fumando" width="300" height="296" /></a>—¡¡Aaahhh!!— grito largo.<br />
—¿Qué pasó?— se sobresalta.<br />
—Nada, ¿no sabes qué lenguaje es ése?— la calmo.<br />
—Ilústrame—<br />
—Es el bohemio, en estado ebrio, pidiendo “dos máás mooozooo”—<br />
—Mira tú —<br />
—¿No sabías?—<br />
—Si lo viera en ese contexto, lo reconocería—<br />
—Así es, pero cuando oigas “¡¡Aaahhh!!” es el borrachín, con la señal de “victory” en la cantina—<br />
—Me lo estoy imaginando—<br />
—Yo al principio, me reía, por condescendencia. Una vez en Lima, en mi barrio, los patas borrachos, en una cantina clandestina, sentados en sillas de paja, levantaban la mano con la señal de V, pensaba que habían ganado algo, pero ya ves, no era así—<br />
—Qué loco—<br />
—Mi primo había pedido una caja de cerveza, sobrio, coge su cigarrillo, aspira profundo, color plata y plomo, cual moco de pavo, cuelga la ceniza, la yema del índice toca suave el pucho blanco, choca con el canto del vaso, la ceniza se esparce en la cerveza—<br />
—Salud, primo— brinda conmigo.<br />
—Pegado al espaldar de la silla observo absorto beber esa mezcla. No le veía lógica, me asusto, que mi primo, no mareado aún, se esté cruzando. Deseaba emborracharse rápido. Para eso era la ceniza en el vaso de cerveza—<br />
—¡Qué bestia!—<br />
—Ya tú ves—<br />
—Sí, hay maneras de olvidar—<br />
—Sí. Es que estaba, en ese tiempo, enamorado de una puta, deseaba contarlo, no podía sino en estado etílico—<br />
—Por lo doloroso del asunto—<br />
—Así es, eso fue en una cantina clandestina de esteras, a puerta cerrada, para ser más exacto, a puerta trancada—<br />
—¿Estás ya escribiendo tu libro?—<br />
—Yo, no, pero tengo algunos apuntes, relatos, poemas, no es fácil escribir—<br />
—No, no lo es. Es talento, es disciplina, es técnica—<br />
—Sí, es cierto. Mi primo, estaba enamorado algunos años de esa bella chica que trabajaba en Ventanilla, de prostituta. Se enamoró de verdad. A tal extremo que casi le cuesta la vida, le dejó huellas en cuerpo y alma, pues no ha podido encontrar otra. En cuerpo, riñón e hígado parchados, fémur, tibia y peroné entornillados—<br />
—Esos amores imposibles, qué energía para dar a eso que no tiene un buen fin—<br />
—Así es. Ella accedía íntimamente a todos sus deseos, era hombre feliz, ahora caminaba erguido, varonil. A pesar que trabajaba, ganaba bien, vendiendo hielo<br />
en el terminal pesquero de Ventanilla, no podía ofrecerle lo que ella exigía si dejaba su trabajo—<br />
—Pero se enamoró—<br />
—Sí. E iba regularmente a buscar su olor—<br />
—Ese olor era mezcla de Yanbal y esperma— lo atropello.</p>
<p>Me queda mirando, se asa, esquiva la vista.</p>
<p>—Pues así huelen las putas en los prostíbulos de Lima— lo tranquilizo.<br />
—Oh, te las conoces—</p>
<p>Muchos años después nos encontramos nuevamente en un bar latino, en Berlín.</p>
<p>—¿Tú andabas también en el trocadero?— me pregunta curioso.<br />
—No, no andaba, olía todos los días ese agradable aroma—</p>
<p>Se había olvidado que mi tía era puta en el Callao, ella vivía en mi casa, niño yo aún.</p>
<p>—Que historias de vida, qué es de tu tía—<br />
—Eso es mi barrio y mi gente. De ahí que siempre me gustó el desodorante Yanbal—<br />
—Que ya ni existe—<br />
—Claro, ya no existe, pero ese olor está en el subconsciente. El olor te transporta. Por eso antes, cuando hacía el amor, buscaba en la mujer ese olor—<br />
—Como que se me hace fácil imaginarlo—<br />
—Jodida la mente del individuo—</p>
<p>La quería tanto que no tenía otro tema de tertulia. Después del trabajo, contento de haber vendido esta vez más del promedio, decidió emborracharse para olvidarla.</p>
<p>—Hieeelo, hieeelo, hielo pitóóó— la frase revienta en su mente.</p>
<p>Se tomó varias al polo. No recordó más. Había ido esa noche a verla en su centro de trabajo, la vio sola, en la puerta de su recámara, la luz tenue resalta su femenina silueta, no tiene clientes, sintió su erótico aroma, la amó de por vida. Ella no le cobró, sentía también algo por él.</p>
<p>—Quédate, estás mareado— lo incitó, sin saber porqué.</p>
<p>No atinó palabra alguna, salió del cuarto, resuelto, el pantalón ajustado, caminó la calle, no supo si llorar o reír, se le opacó la vista.</p>
<p>—Debí haberle hecho caso, primo— escucho su voz apagada.</p>
<p>Borracho, solo, parado en la penumbra, pensó volver, se acordó de la maldita panamericana.</p>
<p>—Quítate de la vía perico— entonó la frase de Cortijo y su Combo.</p>
<p>Pensó en ella, sonrió. No sintió el impacto. El ómnibus interprovincial, se había salido un tanto de la pista. A insistencia de los pasajeros el chofer detuvo el vehículo, voluntarios corrieron a verlo. Lo depositaron inconsciente en el pasadizo entre la fila<br />
de los asientos.</p>
<p>—Al hospital de Collique, hospital de Collique— gritaban unísono.<br />
—Esa noche hubo apagón, los doctores me operaron a la luz de velas, primo—<br />
—Era mi velorio, me comentaron—<br />
—Me visitó. No la he vuelto a ver, sé que trabaja en Huacho—</p>
<p>Su peculiar sonrisa esquiva me recuerda al barrio. Nos levantamos, un bolero marca nuestros pasos, salimos a la calle, el aire fresco de madrugada de la Potsdamer Straße golpea nuestros rostros, nos despedimos, se aleja tratando de que no se le note su cojera. Un bus de doble piso pasa rasante delante mío.</p>
<p>Berlín 1977 &#8211; 1988</p>
<table class="rw-rating-table rw-ltr rw-right rw-no-labels"><tr><td><nobr>&nbsp;</nobr></td><td><div class="rw-right"><div class="rw-ui-container rw-class-blog-post rw-urid-44590" data-img="https://www.ciberandes-magazin.com/wp-content/uploads/2015/06/Berlin_01.jpg"></div></div></td></tr></table>]]></content:encoded>
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